Que paguen tus padres

Trae causa de: ayer, viendo las noticias como todo el mundo -vamos, haciendo otra cosa mientras la televisión habla sola de fondo- me enteré de que el Consejo de Ministros había aprobado el Proyecto de Ley que reforma la vieja norma del tabaco de 2005. Y como ya me vais conociendo, en cuanto escuché aquello de que "los padres pagarán la multa de los hijos", se me encendió la lucecita. Bueno, fueron varias, porque aunque una ya no tiene edad para estar estrenando indignación todos los días, hay algo que me mantiene mi fe en la Humanidad y mi absoluta incredulidad con cada nuevo ingenio jurídico que sigue reaccionando como si fuera la primer vez. Pero, sobre todo, se me encendió la de "aquí hay letra pequeña".

La reforma -que todavía es un proyecto y tiene que pasar por el Congreso- equipara el vapeo, las bolsas de nicotina y las shishas al cigarro de toda la vida; prohíbe los desechables; amplía los sitios donde no se podrá fumar (terrazas, playas, marquesinas, taxis); aprieta con la publicidad, incluida la de los influencers, que bastante daño han hecho con cafés de pistacho y rutinas imposibles; y, lo que nos trae aquí, prohíbe expresamente que los menores consuman, no que se les venda. Y esto abre un Universo administrativo bastante entretenido.

Voy a deciros que soy de la liga antitabaco, no he fumado nunca y siempre me ha molestado bastante el humo. Pero asumo que no vivo sola y que mis derechos no pueden cercenar los de los demás. Además, en lo esencial, la normativa ya es bastante restrictiva y en mi entorno todos los fumadores son muy respetuosos. 

En lo que a los menores se refiere, es cierto que entre el 80 y el 90% de los fumadores adultos empezó antes de los 18 años y que, quien empieza antes de los 16, tiene más papeletas de enganchase fuerte y de recaer después. Vamos, que la edad importa. También es cierto que todos hemos pasado por esa etapa de creer que controlamos perfectamente nuestras vidas o por la edad del "yo paso de todo", que suele ser incluso peor porque viene con banda sonora. Afortunadamente para nosotros, no había redes sociales ni cámaras en los móviles... Qué carajo, ¡no teníamos móviles! Así que los vestigios de nuestra estupidez adolescente podían destruirse con los negativos.

Hay que tener en cuenta que, pese a que fumar tabaco a diario entre jóvenes de 14 a 18 años está en mínimos históricos -un 4,3% en 2025-, lo que se ha disparado es el vapeo (antes los jóvenes olían a Ducados y ahora a mango helado, que parece más inocente y viene en colores pastel y a juego con la funda del móvil). Y aunque proteger a los críos de empezar un hábito tan dañino no me parece una tontería -que aquí venimos a pensar, no a llevar la contraria por deporte-, quizá hay que valorar los "medios". Porque la parte divertida viene ahora: las sanciones. Sí, Hacienda también tiene sentido del humor, aunque a nosotros nos haga temblar el párpado.

Se ha contado en prensa que la multa al menor puede cambiarse por trabajos en beneficio de la comunidad y, sinceramente, si eso fuera así, me parecería mucho mejor: educa más una tarde limpiando un parque que una multa que acaban pagando tus padres con la misma cara con la que pagan el ortodoncista, las zapatillas, el viaje de fin de curso, y demás conceptos bajo el amplio paraguas de "cosas que nadie te explicó cuando decidiste reproducirte". Pero tengo que decir que yo esa parte no la he encontrado en ningún lado. También es cierto que la página de Presidencia y el Portal de Transparencia dejan bastante que desear. Es eso o que la edad es indirectamente proporcional a la destreza informática. El caso es que el consumo por parte de un menor será una infracción leve, con multa de 100 a 600 euros y que de esa infracción responderán subsidiariamente los padres, madres, tutores o guardadores. Vamos, que lo vas a pagar tú.

Puede que lo de los trabajos comunitarios esté en la versión aprobada ayer, puede que aparezca cuando llegue al Congreso o puede que alguien lo haya explicado así en la comparecencia, pero yo no lo he podido confirmar. Y bastante tenemos con la realidad como para ir añadiéndole extras no verificados, que luego pasa lo que pasa y acabamos todos opinando sobre una ley imaginaria, que es muy español pero poco práctico.

Dicho esto, viene mi "pero". España ya había iniciado el sendero, pero es que está cogiendo carrerilla en esta nueva afición de regularlo absolutamente todo, por si acaso alguien disfruta de cinco minutos sin supervisión administrativa. Dónde ha quedado aquél principio de Derecho administrativo que leí en mis tiempos en el libro de Enterría: "todo lo que no está expresamente prohibido, está permitido". Que es casi como lo de que el silencio administrativo es positivo, salvo que expresamente se establezca lo contrario. Vamos a tener que revisarlo porque, ahora todo está expresamente prohibido.

Que no se pueda fumar en un espacio cerrado y compartido, donde el humo se lo traga el de al lado, me parece de cajón. Los que tenemos cierta edad recordaremos lo que era era cenar en un restaurante con Marlboro de guarnición o sentarse en un avión con el cenicero lleno de ceniza (sí, niños, antes se fumaba en los aviones). Ya nos parece a todos de sentido común.

Pero de ahí a que no puedas encender un cigarro en una playa al aire libre hay un trecho. Uno con sombrilla, nevera azul, tortilla de patata, niños llenos de arena y un señor escuchando reguetón en un altavoz que a otros muchos nos resulta infinitamente más molesto que una bocanada de aire en un espacio abierto. 

El argumento de "es que las playas están llenas de colillas" me parece tramposo. No porque no sea cierto y las colillas no sean un problema, sino porque no todos los fumadores tiran la colilla al suelo, igual que no todo el mundo que merienda deja la bolsa de patatas volando por la arena, ni todo el que bebe una cerveza abandona la lata como si sembrara aluminio para generaciones futuras. 

Si el criterio es "como algunos lo hacen mal, lo prohibimos para todos", entonces habrá que esperar también a que un día prohíban las pipas, los helados con envoltorio, los bocadillos envueltos en papel de plata, las palas, las neveras rígidas, los flotadores con forma de unicornio y, ya puestos, a los grupos que llegan a la playa con más logística que un desembarco aliado. Porque porquería hay para compartir, y falta de civismo también.

Pero ahí está la diferencia: una cosa es prohibir lo que daña directamente a otro y otra distinta es usar la ley como una fregona universal cada vez que alguien se comporta como si hubiera sido criado por una papelera rota. El civismo no se arregla a golpe de multa general: se educa, se exige y se sanciona cuando alguien se incumple. Pero no puedes presumir que todos incumplen, porque también hay personas que llevan su cenicero portátil y se comportan como adultos funcionales. Y no, no es una especie exótica, simplemente no dejan rastro.

Y esta es la pregunta que de verdad me interesa: que un dato sea cierto -y lo es que el tabaco es perjudicial y que cuesta una millonada al sistema sanitario-, ¿justifica que el Estado decida por ti hasta en la orilla del mar? ¿Dónde está la raya entre la protección y la tutela? Porque yo entiendo lo de la "salud pública", que haya campañas, restricciones razonables, límites claros en espacios compartidos y especial protección a menores. Entiendo que el tabaco no es precisamente una infusión digestiva, ni una actividad recomendada por tu médico de cabecera. Pero tampoco lo son el azúcar, el sedentarismo, los microplásticos, los o disruptores endocrinos. Y sobre algunos no se toman medidas aunque sólo el Estado tenga capacidad real para restringirlos. Así que lo que me cuesta más es comprar esta deriva en la que todo riesgo individual acaba convertido en un asunto público, todo mal hábito en expediente sancionador y malas conductas individualizadas en prohibiciones generales. Al final, con este ritmo, vamos a necesitar una licencia administrativa para equivocarnos tranquilos. 

Y os dejo una maldad, no como argumento, sino como pensamiento incómodo de ésos que una no debería decir en voz alta: cada vez que escucho lo del "ahorro para la sanidad" me acuerdo de aquel informe que encargó una tabacalera cuyos resultados venían a decir, con toda la frialdad que aguanta un Excel, que los fumadores en realidad salían baratos al Estado porque morían antes y ahorraban pensiones. Una barbaridad, sí. De hecho, tuvieron que pedir disculpas. Pero cada vez que alguien me vende una prohibición "por el bien de las cuentas públicas", me viene esto a la cabeza. No porque la comparta, sino porque me recuerda que, cuando hablamos de las personas como partidas presupuestarias, la conversación se pone fea muy rápido.

En definitiva: esta Ley intenta proteger a los menores, pero ya que estaba aprovechan para responsabilizar a los padres y restringir libertades a los adultos. Así que el debato no es "tabaco sí o tabaco no", sino qué tipo de sociedad queremos: la que educa, responsabiliza y sanciona cuando toca o la que, ante cada problema, responde ampliando el perímetro de lo prohibido. Porque, sin querer ser alarmista, quizá terminemos viviendo en lo que hace unos años nos habría parecido una distopía bastante ridícula, pero con formulario, tasa y plazo de subsanación. 

Por lo tanto la pregunta es, ¿vosotros dónde ponéis la raya entre proteger y tutelar?

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Nota:
a fecha de redacción -22/07/2026-, no he localizado el texto articulado del proyecto de ley y el anteproyecto creo que era de septiembre, así que esta entrada se apoya en ese texto, en las notas de prensa dispobibles y en la información oficial publicada hasta ahora.


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