—Quiero la custodia compartida porque tengo derecho
a estar con mis hijos el cincuenta por ciento del tiempo.
Aquí tenemos el primer problema. Los procedimientos de custodia no reparten derechos entre adultos como quien divide una cuenta bancaria. Ordenan la vida de los hijos procurando proteger su interés. Eso cambia completamente el enfoque.
La custodia compartida no significa necesariamente semanas alternas. Puede organizarse por semanas, quincenas, periodos más breves o mediante otras fórmulas. Todo dependerá de la edad de los hijos, los horarios escolares, la distancia entre domicilios, las necesidades médicas o educativas, la disponibilidad real de los progenitores y la posibilidad de mantener unas rutinas estables.
«Yo también soy su padre/madre» es verdad. Pero no es un plan de parentalidad.
Hay que explicar dónde vivirán los niños, quién los llevará al colegio, cómo se atenderán las enfermedades, qué ocurrirá con los festivos, cómo se harán las entregas, qué red de apoyo existe y de qué manera se resolverán los cambios de horario.
Solicitar una custodia compartida sin presentar una propuesta concreta puede transmitir una idea poco favorable: que se está defendiendo una etiqueta y no una solución.
Tampoco significa que desaparezca automáticamente cualquier contribución económica. Los hijos siguen necesitando vivienda, comida, ropa y material escolar. Y los ingresos de los progenitores pueden ser muy diferentes.
Cuando existe violencia, además, no cabe esconder el problema bajo la expresión «mala relación». Una discusión sobre horarios no es lo mismo que una situación de miedo o control.
Y una última cosa: cuidar no consiste únicamente en aparecer en fotografías de excursiones y festivales escolares. También consiste en conocer la medicación, acudir a las tutorías, organizar horarios, poner límites y atender una fiebre a las tres de la mañana.
La custodia compartida puede ser una buena solución. No porque sea moderna ni matemáticamente bonita.
Lo será cuando funcione para esos hijos concretos.





